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RED BULL DON QUIXOTE - CRONICA by Correca (NUEVAS FOTOS)

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A continuación paso a relatar a vuestras mercedes lo acontecido en pasadas fechas, en el invierno de nuestro Señor, allá por el año 9 del siglo XX1, en el undécimo mes. En época de variopintos tonos ocres, donde las hojas tupen el suelo de nuestros caminos y donde el andar por ellos se hace duro y muy frío.

Este relato no puede más que comenzar así…

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de Caballerías, edad antigua, montura alemana y el mundo por yelmo. Era de los de aventuras mil, de aprovechar cualquier reto y enfrentarse a los mayores peligros, si bien es cierto, no en edad de soportar semejantes fazañas, pero con valor y arrojo suficiente para acometer cualquier desafío por muy difícil que sea.

Y hete aquí que nos presentamos, mi fiel escudero Sancho Pipol y el que les narra, en la Villa de Herencia, provincia de Ciudad Real, en tierra-mar de Flandes, de alta tradición en agricultura y ganadería, donde la llanura Manchega hace alarde de su magna extensión. Lugar de bellas doncellas y sus molinos rompen el horizonte con sus increíbles siluetas.

Personóme en la venta donde el amable posadero, mi querido amigo Maese Paco Buds y su inestimable compañero Maese Nacho, habían desplegado el campamento que sería el lugar donde reestablecer a nuestras caballerías y a nuestras mercedes, con insignes caldos y buenas viandas, donde llenar la andorga y tomar el merecido descanso.

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Nos presentamos en la hacienda, que más bien pareciese castillo, del Sr. Toro Rojo, Red Bull en la lengua de Shakespeare, impresionados por la magnitud de los posibles de tan ilustre soberano, conocido por sus extremas convocatorias por lo ancho y largo de los mares.

No faltaba detalle en su posada, un patio de caballerías digno de un Marajá, un increíble establo para nuestras monturas, con paja seca y buen acomodo, más otras estancias dignas de un gran hacendado.

Una escribano tomo nota de nuestros linajes, incluyéndonos en el libro de honor de semejante aventura, quedando los mismos para los anales de la historia y poder así contar nuestras fazañas a nuestros herederos.

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Bellas doncellas custodiaban las viandas, siéndonos entregado un atillo a cada uno para no desfallecer en el camino, con productos de la tierra, una hogaza de pan, un queso curado, aceite de olivos y un brebaje con sangre de toro. Así mismo, un salvo conducto para poder acceder al yantar, cuando la noche se hiciese dueña del día y así poder compartir pan y vino con nuestros rivales.

Caballero como soy, no pude resistirme a la belleza de una de las damas que nos agasajaban con las viandas, quedando prendado de su esplendida belleza, serena y dulce, que ensartó mi corazón como mil lanzas afiladas. Era ella, mi Dulcinea, Aldonza Raquel quería llamarse, pero no, era Dulcinea del Toboso y Herencias. Ya tenía en mi mente porqué defender mi hidalguía y honor ante cualquier bellaco o maleante que pretendiera osar mancillar a mi amada.

Al rato, ya con la mente mas despejada, después de semejantes perfumes olorosos de mi amada, mi querido Sancho Pipol y yo acompañados de Maese Paco Buds, nos dispusimos a cabalgar con nuestras monturas para reconocer a los dos gigantes que nos darían batalla una luna mas tarde.

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El primero, digno de cualquier otra aventura en tierra de Flandes, majestuoso, a la par de rápido en sus envestidas, pero con tan solo un punto débil en el paso del hacha, que se flanqueaba bien hacia la izquierda. No era tan temible este gigante.

Con otro Caballero andante, Don José de las Hoces y Hoztia, insigne caballero de las tierras de Castilla, conocido por su fortaleza y el facer de sus fazañas en tierra de la Corte de Madrid, acometimos al segundo gigante. En este caso eran un grupo de tres, agrios compañeros en su rocosa atalaya.

Era difícil flanquearles, pues en la cara oeste, por donde empezábamos nuestro ataque, un sin fin de rocas cortantes, como cuchillo de Sarraceno, hacían delicado el paso para nuestras monturas. Rodeando hacia la cara sur, ya nos encontrábamos con sus rocosos vasallos dispuestos a despojarnos de nuestras monturas y hacernos perder la verticalidad de nuestras posaderas.

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Una vez sorteados semejantes peligros y después de coronar una cresta… ¡¡¡ VOTO A BRIOS !!!, la vista era espeluznante, una inmensa cuesta se abría ante nuestros estupefactos ojos, que si bien tenía muchas opciones, con mayores probabilidades de éxito, mi dignidad como Caballero me impedía sortear semejante reto que no fuera por la parte mas peligrosa y abrupta, con infinidad de peligros, donde solo los mas osados se atreverían a acometer a los infames gigantes.

Conquistada la cima, solo quedaría despedirse de estos Titanes por la cara sur hacia la Villa de Herencia, pasivos e inertes, derrotados por destreza de nuestros nobles Caballeros, pasando por las tres cruces, que rememoraban a otros tantos que desafiaron e intentaron, sin éxito, derrotar a semejantes colosos.

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Una vez acomodadas nuestras monturas en su idílico pesebre acolchado de tan rubio forraje, fuimos a descansar nuestros maltrechos y oxidados talles a la posada Dulcinea, que así se llamaba semejante fonda, no muy digna de nuestros linajes, pero suficiente para servir de refugio y con dignos aposentos por unas miserables monedas.

Arribamos a la octava hora después del medio día en el lagar donde se celebraría el agasaje, bien resueltos y aparentes, con perfumes sutiles para disimular nuestros pestilencias de andar con nuestros rocines. Aquello era el jardín del Edén, lleno de agraciadas mozas cortesanas dignas del palaciego que nos ha traído hasta tan lejanas tierras, a más de mil leguas de nuestras moradas.

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Primeramente, y saludando a nuestras mercedes, presentó el acto un polichinela de la estancia, poco agraciado y con nulo verbo, que gracias al Santísimo fue escueto y rápido en vomitar sus parcas palabras, dando paso a nuestro mas insigne Caballero, ataviado con sus mejores galas, su sayo, sus calzas bien parecidas y con sutil verborrea nos dio la bienvenida al evento. No era otro que sino nuestro mentor y maestro, Don Iván de Cervantes y Saavedra, dando paso a las viandas y ágape.

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Llenada la andorga de caldos diversos, carnes emparrilladas de finos recentales, con suculentas vituallas, que al principio eran difíciles de asir, pues los comensales, parecían hambrientos y se lanzaban a por el rancho como lobos enfurecidos. Entablamos conversación con las mozas, y yo, con sutiles miradas avistaba a mi amada rodeada de bellacos del 5º de Petardería, ávidos del calor de tan virginales damas y opté por retirarme a mi humilde cubil con mi fiel Sancho, para poseerla en mis sueños, ya que sería el único sitio donde podría mantener su virginal belleza intacta.

En este punto quería reseñar a vuestras mercedes la inesperada visita del 5º de Petardería y mi alegría al sentirme arropado por tan instruidos Caballeros, que aunque un poco rufianes, son parte de mis entrañas. A Maese Don Carlos de Mudcake y Cámara, de inusual nobleza, señor de los abismos. Que decir del Precepto Don Jacobo de Jaco y Fuentes, agudo en sus envites y de corcel achinado. Y como no acordarme de los señores Don Oscar de Cuerpo y Don Santiago de Xantixx, que se quedaron al recaudo de las féminas mientras otros descansábamos.

Al día siguiente se unirían a la pandilla o clan Maese Don Juan José de Trece y Ventas, que gracias a su fortaleza encalome la cresta de los intrépidos, Sir Demon y señora y por último el Precepto Don Antonio de Coronello y Buendía con su celestial pareja.

En la noche fui asediado por todas las apariciones y fantasmas, tanto de mis gigantes y deformes, pudiendo solo yacer cuando irrumpía en mis sueños mi adorada Dulcinea.

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El día amanecía sombrío y todos nuestros temores se confirmaban al ver caer las primeras briznas de lluvia sobre nuestros yelmos, temiéndonos lo peor, ya que aquellos pedruscos con agua iban a ser difíciles de vencer. Partimos hacia el primer encuentro, mi corcel parecía reusar ante el reto, no dejándose dominar dócilmente como siempre, la batalla fue dura y mas estando fríos. Salimos heridos pero no hundidos, habían trinchado los dos apoyos de mi caballería, pero eso no iba a ser suficiente para rendirnos a Sancho y a mi. Prestos corrimos hacia una herrería para restañar las heridas de mi alemana compañera. Habíamos perdido la batalla pero no la guerra.

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Acometimos la segunda batalla, la mas dura y temible, con dignidad y honra, un poco apesadumbrados por nuestra mala suerte en el lance anterior, pero convencidos de seguir adelante. Y allí estaban mi 5º de Petarderia, animándonos y casi llevándonos en volandas hacía la cima. En el primer paso lleno de plebeyos mozalbetes, con un ruido infernal provocado por el cuerno del mismo Thor. Llegome con mi montura y al ir a flanquear un risco, ésta reuso y dando una vuelta en el aire, ambos mordimos el polvo. Recompuse mi armadura, mas dolido por la honra que en el cuerpo, y seguimos la batalla. Aquello era digno de Dioses y nosotros estábamos en el limbo. Sancho ejercía fielmente su labor superando al Hidalgo en sus pesquisas.

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Ahora ya tocaba la cuesta de los intrépidos. Con decisión ceñí las riendas a mi corcel, atusando las espuelas, con garra me dispuse a sortear la insigne tropelía. Subía dócilmente, como sin esfuerzo, aunque ya solo por la emoción mi corazón latía desbocado. Lleno de rufianes por todos lados, señalándote por donde acometer y gritando mi nombre. Me detuve para contemplar la magnifica escena, aprovechando para coger aliento para coronar el último risco y......... fui descabalgado de mi montura, cayendo como fardo de cebada, revolcando mi dolorido cuerpo por aquellos parajes. En ese momento me vino a mi mente la imagen de mi amada Dulcinea y conseguí rehacerme. Una vez más había fracasado, pero gracias a las buenas gentes que allí estaban, y en particular a Don Juan José de Trece, me subieron casi a pulso a mi montura y a mi Merced, herido que no vencido, hasta el fin del risco, teniendo ante mis ojos aquellos gigantes, que ya pareciesen molinos de viento. Aquesta batalla había sido épica.

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Seguimos camino Hidalgo y Vasallo, tanto monta, monta tanto, pues era difícil distinguir quien era quien, ambos Caballeros e Hidalgos, por los áridos caminos de Castilla entre olivos y fincas, lindes y linderos.

Nos dirigimos a la sierra conocida de la rendija, llena también de rufianes y trampas, apostillados en cualquier rincón, en la que perdimos el norte con un número importante de Caballeros, entre nieblas y tormentas, como perdidos en una mar de laureles, enebros y un sin fin de olorosos arbustos. Retomamos el camino, no sin bastantes pesquisas e incertidumbres y salimos de aquella encrucijada, mal parados de nuevo. Nuevamente mi corcel estaba herido, esta vez herida sobre herida. Volviendo por fincas y olivares hasta el primer reto y lo facimos de nuevo, aunque con el corcel tocado, pero insignes y dignos.

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Llegamos al campamento y vimos que ya era muy difícil restañar aquellas dolencias, pues se habían ya enquistado y eran numerosas, tomando la impensable decisión de rendir pleitesía ante aquellos gigantes, dando por perdida la batalla, que no la guerra, pues en otra ocasión habrá que retomar venganza y lidiar aquellos molinos con el corazón henchido y el alma llena.

Allí me deje el honor y a mi amada Dulcinea, y volveré renacido de mis cenizas para vencer a esos Titanes de Herencia.

El Hidalgo de torneada figura Don Quixote Correcaminos de la Mancha y Seseña.

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Esto es sublime.

Le tendrían que quitar el Cervantes al hombre este que se lo dieron ayer y darselo aquí al colega.

Parece ser que el finde ha sido de antología. Habrá qe guardar fechas para el año que viene. De mirón, por supuesto :wink: .

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